DE LA MEDICACIÓN A LA MEDITACIÓN (Fragmento del prólogo) OSHO.0.OSHO.6P9

Amados míos:
El hombre es una enfermedad. Las enfermedades le ocurren al hombre, pero el hombre es, en sí mismo, también una enfermedad. Ese es su problema y, también, lo que le hace un ser único. Esa es su buena fortuna y también su infortunio. Ningún otro animal de la Tierra es tan problemático, está tan ansioso, tan tenso, tan enfermo como el hombre. Y esta ha sido la condición que le ha impulsado a su desarrollo, a su evolución; porque «enfermedad» significa que no podemos ser felices con lo que somos, que uno no puede aceptar lo que es. Es la propia enfermedad la que ha provocado el dinamismo del hombre, su inquietud, pero al mismo tiempo su desdicha; porque el hombre está inquieto, es infeliz, sufre.

Ningún otro animal excepto el hombre tiene la capacidad de enloquecer. A menos que el hombre trastorne a un animal, el ani­mal no se vuelve loco por sí mismo; no se vuelve neurótico. En la selva los animales no se vuelven locos; se trastornan en un circo. En la selva, la vida de un animal no se deforma; se pervierte en un zoo. Ningún animal se suicida; solamente el hombre es capaz de suicidarse.

Dos métodos han sido utilizados para entender y sanar la enfermedad llamada hombre: una es la medicina, la otra es la meditación. Ambos son tratamientos para la misma enfermedad. Es con­veniente comprender que la medicina analiza cada enfermedad del hombre por separado; es un enfoque que analiza las partes. La meditación considera que el propio hombre es la enfermedad; la meditación considera que la personalidad del hombre es la enfer­medad. La medicina cree que las enfermedades le sobrevienen al hombre y se van, que son algo ajeno al hombre. Pero poco a poco esta diferencia ha disminuido y la ciencia médica también ha empe­zado a señalar: «No trates la enfermedad, trata al paciente».

Esta es una declaración de suma importancia, porque ello significa­ que la enfermedad no es otra cosa que una forma de vida que vive el paciente. Cada hombre enferma de una forma diferente. Las enfermedades también tienen su propia individualidad, su personalidad. El hecho de que yo sufra de tuberculosis y tú también sufras de tuberculosis no evidencia que los dos seamos el mismo tipo de paciente. Hasta nuestras tuberculosis nos afectarán de forma diferente, porque somos dos individuos diferentes. Y puede suceder que el tratamiento que cure mi tuberculosis no alivie en nada tu enfermedad. Así que, en el fondo, la raíz está en el paciente, no en la enfermedad.

La medicina trata las enfermedades del hombre muy superficialmente. La meditación aborda al hombre desde adentro. En otras palabras, se puede decir que la medicina trata de sanar al individuo desde afuera y la meditación trata de mantener sano el ser interno de la persona. Ni la ciencia de la meditación puede estar completa sin la medicina, ni la ciencia de la medicina está completa sin ­meditación, puesto que el hombre es cuerpo y espíritu. De hecho, es un error lingüístico llamar al hombre ambas cosas.

Durante miles de años el hombre ha creído que el cuerpo y el alma del individuo son dos entidades separadas. Este pensamiento ha provocado dos efectos muy peligrosos. Uno de ellos es que ha habi­do quien ha considerado que el hombre es solamente espíritu y ha menospreciado el cuerpo. Esa gente ha aportado avances en la medi­tación pero no en la medicina; no fue posible que la medicina se con­virtiera en una ciencia, el cuerpo fue totalmente desatendido. En con­traste a ello, otros han considerado al hombre solamente un cuerpo y han negado el espíritu. Han investigado y desarrollado mucho la medicina pero no han dado ningún paso hacia la meditación.

Pero el hombre es ambos al mismo tiempo. También digo que hay un error lingüístico: cuando decimos que ambos son una misma cosa da la impresión de que se trata de dos cosas, aunque conectadas una con la otra. No, de hecho el cuerpo y el espíritu son dos extremos del mismo polo. Si se mira desde la perspectiva correcta no podemos decir que el hombre es un cuerpo más un espíritu; no es así. El hombre es psicosomático o somático-psíquico. El hombre es mente-cuerpo o cuerpo-mente.

Para mí, esa parte del espíritu que está al alcance de los senti­dos es el cuerpo, y esa parte del cuerpo que está más allá del alcan­ce de los sentidos es el alma. El cuerpo invisible es el espíritu, el espíritu visible es el cuerpo. No son dos cosas diferentes, no son entidades separadas: son dos estados de vibración diferentes de la misma entidad.

Esta noción dualista ha perjudicado enormemente a la humani­dad. Siempre pensamos en términos dualistas y ello genera proble­mas. En un principio solíamos pensar en términos de materia y energía; ahora ya no. Ahora ya no podemos decir que la materia y la energía están separadas. Ahora decimos que la materia es energía. Lo cierto es que la utilización del antiguo lenguaje crea dificultades. Incluso el hecho de decir que la materia es energía no es correcto. Hay algo -llamémosle X- que mirado de una mane­ra es materia, mientras que mirado de otra es energía; no son dos. Son dos formas distintas de la misma entidad.

De forma similar, el cuerpo y el alma son dos extremos de la misma entidad. La enfermedad puede comenzar por cualquiera de los dos extremos. Puede empezar por el cuerpo y llegar al espíritu; de hecho, sea lo que sea lo que le ocurra al cuerpo, sus vibraciones se sienten en el espíritu. Por eso a veces sucede que un hombre que está curado físicamente de una enfermedad todavía sigue sintiéndose enfermo. La enfermedad ha abandonado el cuerpo, el doctor dice que ya no hay enfermedad, pero el paciente sigue sintiéndose enfermo y se niega a creer que no está enfermo. Todos los exámenes médicos indican que clínicamente todo está bien, pero el paciente sigue diciendo que no se encuentra bien.

Este tipo de pacientes ha sido una molestia para los médicos porque los exámenes médicos demuestran que no hay enfermedad; pero la ausencia de enfermedad no implica que esté sano. La salud alberga su propia positividad. La ausencia de enfermedad es sólo un estado negativo. Tal vez podemos asegurar que no hay una espi­na, pero ello no nos habla de la presencia de una flor; que no haya ninguna espina sólo indica la ausencia de espinas. Pero la presencia de una flor es otro fenómeno.
La ciencia médica todavía no ha sido capaz de descubrir nada en la dimensión de qué es la salud. Todo su trabajo gira en torno a qué es la enfermedad. Si le preguntas a la ciencia médica acerca de las enfermedades intentará darte definiciones, pero si le preguntas qué es la salud tratará de engañarte. Dirá que cuando no hay enfermedad hay salud. Esto es un engaño, no una definición. ¿Cómo puedes definir la salud en relación con la enfermedad? Es como definir una flor en relación con las espinas; es como definir la vida en relación con la muerte, o la luz en relación con la oscuridad. Es como definir al hombre en relación con la mujer, o viceversa.

No, la ciencia médica todavía no ha sido capaz de definir qué es la salud. Sólo puede decirnos qué es la enfermedad. La razón de ello es que la ciencia médica solamente alcanza a comprender desde afuera, solamente comprende las manifestaciones del cuerpo, y desde afuera lo único que se puede comprender es la enfermedad. La salud sólo puede comprenderse desde aquello que reside dentro del hombre, desde su ser interior y su espíritu. A este respecto, la palabra swasthya es realmente maravillosa. La palabra salud no significa lo mismo que swasthya. Salud deriva de sanación y está asociada con la enfermedad. Salud significa sanado: el que se ha recobrado de una enfermedad.       .

Swasthya no significa eso, swasthya significa haberse asentado en uno mismo, haber llegado al centro de uno mismo. Swasthya significa ser capaz de sustentarse firmemente en uno mismo; swasthya no es solamente salud. En realidad, no hay ningún idioma que tenga una palabra comparable al término swasthya. Todos los otros idiomas tienen palabras que son sinónimos ya sea del término enfermedad o del término no-enfermedad. El concepto que se aproxima al de swasthya es el de no-dolencia. No obstante, la ausencia de dolencia es algo necesario pero no suficiente para swasthya. Se requiere algo más, algo del otro extremo, del otro polo; algo de nuestro ser interior. Aunque la enfermedad comience en el exterior, sus vibraciones resuenan en el camino al alma.

Supongamos que tiro una piedra en un lago en calma: la pertur­bación ocurre en el lugar donde la piedra choca con el agua, pero las ondas que provoca llegan hasta las orillas del lago donde la pie­dra no ha chocado. De una forma similar, sea lo que sea que le ocu­rra a nuestro cuerpo, sus ondas alcanzan el alma. Y si la medicina clínica trata solamente el cuerpo, ¿qué sucederá entonces con esas ondas que han llegado hasta las orillas más lejanas? Si hemos arro­jado una piedra al lago y nos concentramos solamente en el punto donde la piedra ha chocado con el agua y se ha sumergido, ¿qué sucederá con esas ondas que ahora existen independientemente de la piedra?

Una vez que el hombre enferma, las vibraciones de la enferme­dad penetran el alma y por eso a veces la enfermedad persiste incluso­ después de que el cuerpo haya sido tratado y sanado. Esta persistencia de la enfermedad se debe a las reverberaciones de las vibraciones en el camino al ser interior, para las cuales la medicina todavía no tiene remedios. Por eso la ciencia médica permanecerá incompleta sin la meditación. Tal vez curemos la enfermedad, pero no curaremos al paciente. Por supuesto, al médico le conviene que el paciente no se cure, que solamente se cure la enfermedad; de esta forma el paciente siempre tiene que regresar.

La enfermedad también puede originarse en el otro extremo. De hecho, en el estado en que se encuentra el hombre, la enfermedad ya está presente ahí. El hombre ha acumulado mucha tensión en su interior. Como ya he dicho anteriormente, ningún otro animal está trastornado de esta forma, tan alterado, tan tenso, y ello tiene su razón de ser. Ningún otro animal alberga en su mente la idea de querer llegar a ser algo distinto de lo que es. Un perro es un perro, no tiene que llegar a serlo. Pero el hombre tiene que convertirse en un ser humano, porque todavía no lo es. Por eso no tiene sentido decir que un perro es menos que un perro. Todos los perros son igualmente perros. Pero en el caso del hombre podemos afirmar razonablemente que un hombre es algo menos que un hombre. El hombre nunca nace completo.

El hombre nace incompleto. Todos los otros animales nacen completos, pero en el caso del hombre no es así. Hay ciertas cosas que tendrá que hacer para completarse. Este estado incompleto es su enfermedad. Por eso está tenso durante las veinticuatro horas del día. No es solamente el hombre pobre el que padece debido a su pobreza; esto es lo que generalmente pensamos. Pero no nos damos cuenta de que si el pobre prospera, lo único que cambia es el tipo de conflicto, pero los conflictos permanecen.

Lo cierto es que el hombre pobre nunca padece tanta ansiedad como el hombre acomodado, porque el hombre pobre al menos encuentra una justificación a sus problemas: que es pobre. El hom­bre próspero no tiene esta justificación. Ni siquiera puede determi­nar el motivo de su ansiedad. Y cuando la ansiedad no tiene una causa aparente, se vuelve algo terrible. Tener un motivo te alivia, te consuela, porque te queda la esperanza de poder eliminar el moti­vo. Pero cuando los conflictos surgen sin ningún motivo las difi­cultades son mayores.

Las naciones pobres han sufrido mucho, pero el día que se vuelvan­ prósperas se darán cuenta de que las naciones ricas tienen sus propios sufrimientos.

Me gustaría que la humanidad eligiera el sufrimiento del hom­bre rico, no el del hombre pobre. Si es una cuestión de elegir la clase de sufrimiento, es mejor elegir la del hombre rico aunque la intensidad de su angustia sea mayor.

Actualmente, el nivel de preocupación y de ansiedad con que se vive en los Estados Unidos es más elevado que en ningún otro país del mundo, aunque ninguna otra sociedad haya tenido nunca la cantidad de facilidades que hay disponibles en América. En realidad, es precisamente en los Estados Unidos donde más se ha adueñado la desilusión de la gente. Por primera vez las ilusiones se han roto. El hombre solía creer que su ansiedad se debía a alguna razón. En América, por primera vez, se ha visto claro que el hombre vive ansioso sin ninguna razón; el hombre es, en sí, ansioso. Cada día se crea nuevas ansiedades. La personalidad que le acompaña le reclama continuamente lo que no tiene. Y lo que tiene, día a día deja de tener sentido; lo que se ha conseguido se vuelve carente de sentido, fútil. Hay una lucha continua por aquello que no se tiene.

Nietzsche ha dicho en alguna parte que el hombre es un puente que se extiende entre dos imposibles, siempre hambriento de alcanzar lo imposible, siempre hambriento de llegar a estar completo. Debido a esta ansia de llegar a estar completo nacieron todas las religiones.

Es interesante señalar que hubo un tiempo en el que el sacerdote era también médico, en que el líder religioso era también médico. Y no sería sorprendente que nos encontrásemos en la misma situación el día de mañana. Pero habrá una pequeña diferencia: ¡el médico será sacerdote! Esto ya ha empezado a ocurrir en América, porque por primera vez ha quedado claro que el problema no es solamente del cuerpo. Y también se ha visto que cuando el cuerpo está sano los problemas aumentan considerablemente, porque por primera vez el hombre empieza a sentir la enfermedad que está presente en su interior, en el otro polo de su cuerpo….