LA LEY DE CURACIÓN.1         Dr. Tomas Pablo Paschero    (1904 – 1982)

Para comprender qué es lo que la Homeopatía sostiene como concepto de curación, es necesaria una revisión del problema de la enfermedad del hombre.

El espíritu analítico científico experimental que predomina en la medicina moderna ha conducido a cometer dos grandes errores, erigidos en postulados, que desgraciadamente determinó la impronta formativa de la generalidad de los médicos actuales.

El primer error es creer que la enfermedad es un fenómeno patológico localizado en un órgano, un sistema o un tejido del organismo y que a ello se debe la etiología del proceso mórbido, corrigiendo lo cual en su disfunción o extirpando el órgano o parte afectada, el enfermo debe curarse.

El segundo error es la limitación en el tiempo de procesos fisiopatológicos locales o generales aislados, independientes y autónomos que se suceden en la biopatografía del sujeto sin conexión o continuidad vital alguna entre ellos, como si fueran entidades clínicas específicas y por ende, enfermedades distintas.

Estos dos errores fundamentales han llevado al médico a un extremo obsesivo y dogmático en la búsqueda de un diagnóstico analítico, con la consiguiente atrofia en su capacidad de síntesis, que le permita concebir al enfermo en su totalidad tanto en el espacio como en el tiempo y comprender que la patología orgánica es la derivación local, de un proceso mórbido que abarca al individuo entero, el cual constituye el trasfondo dinámico único de todas las entidades nosográficas registradas en su vida total.

No existe ninguna dificultad para el médico observador, el comprender que la vida está regida por un principio de unidad sintética que coordina y organiza todas las partes del organismo, en una sinergia funcional perfectamente correlacionada entre los elementos histológicos, humorales, hormonales y psíquicos del individuo, en forma tal que no es posible segregar vitalmente ninguna parte del conjunto. Si bien cada átomo, cada molécula, cada célula o cada órgano del cuerpo, mantiene en su forma y función una cierta autonomía como unidades analíticas, con propiedades específicas cada una de ellas, el sentido de su existencia esta dado por el agrupamiento, la concurrencia, la organización colectiva, la subordinación recíproca, que determina la realización de una unidad sintética. La persona humana se constituye por este principio de ordenamiento o unidad sintética puesto en vigencia por la función del sistema nervioso, que específicamente es el sistema centralizador de la organización vital.

Todo aparece como que la correspondencia entre el todo y las partes, la coordinación económica y el plan de conjunto que condiciona el organismo humano para un destino personal, depende del sistema nervioso pero, es necesario reconocer que la función coordinadora se ejerce en células libres, como los fagocitos, que no tienen conexión anatómica con el sistema nerviosos, por lo que se deduce que el plan coordinador de la sinergia psicofísica rebasa la función del sistema nervioso y aún de la actividad hormonal o de cualquier substratun anatómico, para establecerlo, directamente, por inducción, la misma fuerza vital, que no es sino una expresión de la energía cósmica.

La separación de lo psicológico como expresión del sistema nervioso es hoy ya inaceptable. Todo lo psicológico es biológico y todo lo biológico es psicológico.

La energía vital con su entelequia o sentido psicológico de la vida, está presente en cada átomo, en cada célula, en cada órgano de cada persona.

Cuando esta función dinámica se perturba en su plan de coordinador, como consecuencia a su vez de la perturbación del plan adaptativo del individuo con el mundo, se produce una disnergia funcional que trastorna el equilibrio económico de la energía vital entre los órganos, quiebra la homeostasis de los humores y determina un estado de enfermedad.

Las entidades anatomoclínicas que aparecen después no son más que las localizaciones parciales o focalizaciones en emunctorios (lugares de expulsión de la energía mórbida) de los detritus metabólicos resultantes de la disfunción sinérgica o plan coordinador del individuo como una totalidad sintética.

Este estado primogénito de enfermedad total, esta alteración dinámica de la energía vital en su plan de organización y armonización entre las partes del individuo y del individuo con el cosmos, este desequilibrio puramente funcional del individuo como persona, engendró muchas teorías sobre la constitución, la discrasia, la diátesis (terreno) o el temperamento, sin que ninguna de ellas haya logrado develar el misterio de la disposición interna de terreno o la tendencia a determinadas afecciones patológicas. La doctrina hipocrática de los cuatro temperamentos: linfático, sanguíneo, bilioso y nervioso; el Hermetismo con Paracelso y la correlación del macrocosmos con el microcosmos; la enfermedad del colágeno o mesénquima; los trastornos cortico-suprarrenales de Seyle según el eje hipófiso-córtico-surrenal; las teorías corticosomáticas de Pavlov con los reflejos condicionados; la escuela psicosomática con Alexander a la cabeza; los arquetipos planetarios de Vannier en Homeopatía, las constituciones carbónica, fosfórica y fluórica de Bernard, también en Homeopatía y la de muchos otros autores, han querido llevar el concepto clínico de la enfermedad desde los detalles analíticos, sintomáticos u orgánicos a la unidad sintética, a la percepción del conjunto o panorama general que permita entender el trastorno dinámico funcional que precede y provoca la lesión orgánica. Todos ellos fueron atisbos geniales aunque parciales de este magno problema de la disposición constitucional que precede a la patología, pero por falta de una solución pragmática o de una terapéutica que tuviera acceso a esa perturbación dinámica que usuraba y comprometía al individuo entero, desde su personalidad caracterológica hasta la última célula de su economía, hizo que los médicos se plegaran a la necesidad de analizar, clasificar, definir y diagnosticar lesiones anatómicas y estructuras patológicas con un criterio científico exclusivamente ponderativo, matemático, mensurable y materialista, olvidando el carácter sintético que debe regir indefectiblemente el estudio diferencial de la ciencia, sobre todo de la medicina humana.

Importa esencialmente la escrutación del hombre como ser esencialmente metafísico espiritual, que no está identificado con su organismo sino que tiene un organismo o una estructura adecuada a sus fines personales, siempre determinada a la realización de los valores esenciales de la vida.

La falta de una visión integral y total del enfermo hizo que se desarrollara un verdadero virtuosismo en el diagnóstico analítico y se construyera una portentosa nosografía patológica en la que se describen clínicas como: enfermedades de los riñones, del corazón, de los pulmones, del aparato digestivo o de las arterias, como si los órganos pudieran estar afectados sin que el resto de la economía no participara en su totalidad, del mismo proceso mórbido y como, si estas entidades clínicas fueran enfermedades distintas, desconectadas por lo tanto, como si fueran accidentes fortuitos, no sólo desconectados del contexto general del organismo, sino de la vida entera del enfermo como persona humana.

A la medicina analítico patológica le cuesta aceptar que la localización mórbida manifestada, no es la enfermedad; que la aparición de una enfermedad aguda implica siempre una larga incubación; que existe ya clásico el concepto del estado pretuberculoso y precanceroso; que los homeópatas fueron los primeros en describir que las enfermedades infecciosas no aparecen por el ataque de un germen o virus, los cuales pululan impunemente en forma saprofita en todos los rincones del cuerpo, sino cuando se han dado las condiciones internas que hacen necesaria una crisis enmuctorial (salidas naturales de la energía mórbida) y que, (como ya se está insinuando en el consenso general de los clínicos) el germen no es la causa sino el resultado de la enfermedad, de la perturbación vital latente que constituye al individuo.

El desconocimiento de los síntomas de esta disposición vital latente, a la que Hahnemann llamó miasmas, hace que el patólogo se encuentre incapacitado para abordarlos terapéuticamente y se dedique a medicarlos localmente tratando de suprimir las manifestaciones patológicas. Como no puede vincular la lesión con la verdadera causa, termina considerando que la lesión es un fenómeno patológico desprovisto de sentido y trata de eliminarla como si fuera algo extraño a la vida, algo que se opone a la fisiología normal, algo que es necesario suprimir, como se extirpa un tumor, un órgano afectado, una úlcera, una erupción de la piel o se coarta el mecanismo de una función orgánica, como si cada síntoma patológico no fuera la intensificación del proceso normal correspondiente, como si toda la patología no fuera lo que realmente es: la intensificación del proceso vital para fijar, materializar y resolver un desequilibrio de la fuerza vital.

La experiencia demuestra, inexorablemente, que la supresión de la lesión o la corrección de un mecanismo parcial del proceso mórbido, determina la aparición de metástasis en otro sector bajo formas distintas, con otro cuadro de enfermedad como son, por ejemplo, el asma después de una operación de amígdalas o la supresión del eczema; las neumopatías que siguen a las afecciones eruptivas suprimidas, la encefalitis, nefritis o hepatitis después de vacunaciones y supresiones intempestivas de procesos agudos; las cardiopatías que siguen a las supresiones de las artropatías reumáticas y, lo que es más grave por constituir un problema de gran trascendencia todavía no ha concientizado en la medicina alopática son las metástasis mentales, desde las neuróticas fóbicas hasta las psicosis irreversibles, producidas por la supresión de manifestaciones somáticas.

Con una concepción mecanicista, sobre la base de una indagación fisicoquímica de los cambios humorales, no se puede comprender el sentido de fenómenos de sustitución mórbida con manifestaciones tan distintas como son la transformación de un eczema en asma o una neurosis de angustia en úlcera de estómago. No existe aparentemente una correlación fisiológica explicable y sólo se comprenden estos pasos, si se reconoce que la energía vital ordenadora de la economía interna, actúa bajo la misma ley que rige la conservación de la energía cósmica en todos sus aspectos, tanto telúricos como vitales, fijando y derivando por inducción el proceso vital del centro a la periferia, como ocurre en el, átomo y en las estrellas.

Los movimientos de la energía del ser humano como unidad vital, están regidos por las mismas leyes que rigen la actividad de la energía en todas las unidades estructurales de la creación.

A esto se llama ley de curación que no es más que un subrogado de la ley universal de la conservación de la energía. La vía medicatrix hipocrática que preserva el equilibrio psíquico homeostático del organismo es una corriente eferente de energía que, emergiendo del primogénito instinto de vida, la voluntad de amor, de integración al mundo, deriva al aparato muscular, hacia la superficie, esa voluntad de realización, como los electrones en el átomo. Toda vez que esta corriente excéntrica sea interferida, se produce un bloqueo de la energía en un órgano o sector de la economía y se desarrolla la lesión patológica. El individuo tiene entonces una enfermedad aparente, una manifestación física, en última significación una pérdida de la libertad, una interferencia de la vis medicatrix, (impulso natural de curación)que rige la actividad vital, tanto en el esfuerzo de adaptación al mundo, como en la claudicación crítica aguda del equilibrio interno.

La restauración de la corriente eferente en su libre tránsito a la superficie, de la mente a la acción muscular, del centro del organismo a los emunctorios (vías de salida), es el desiderátum fundamental de la medicina, es la vigencia de la ley de curación para que el hombre pueda, como dice Hahnemann, resumir la libertad interna y realizar los altos fines de su existencia. Todo lo que terapéuticamente se haga para resolver un problema patológico local, sin comprender el sentido que esta localización tiene en el designio de la vida total del sujeto, en el destino psicobiológico de su personalidad profunda, es una supresión, es una interferencia al esfuerzo de la fuerza vital en su actividad curativa.

Hahnemann llamó psora latente o susceptibilidad mórbida fundamental a esta perturbación de la fuerza vital, que implica una ruptura del equilibrio interno y su correlato, la desarmónica relación con el mundo externo.

El medicamento homeopático estimula la fuerza vital para restaurar la vis medicatrix bajo la égida de la ley de curación, es decir solucionando la perturbación Psórica, pero siempre que sea el simillimum del caso, el que satisfaga la susceptibilidad psórica y por ende la perturbación profunda de la voluntad del sujeto, allí donde radica la disritmia vital que distorsionó su desarrollo adaptativo a la realidad.

Fuera del simillimum homeopático al caso particular, no existe en medicina ninguna terapéutica racional que acceda al centro mismo del proceso mórbido.

Cuara tiene la significación de rectificar la vis medicatrix en su dinámica vibratoria y conseguir en el enfermo el estado de ecuanimidad o ataraxia emocional que le permite cumplir su destino de trascendencia en el bien, la verdad y la belleza, atributos esenciales de la vida.

Suprimir síntomas o manifestaciones locales con productos químicos o remedios de homeopaticidad parcial, sin haber comprendido lo que en ese enfermo hay que curar realmente, significa una transgresión médica que todo homeópata consciente debe tratar de obviar en todo momento y sin disculpa alguna.

Por encima del diagnóstico patológico, la consulta homeopática debe permitir diagnosticar el sujeto mismo del enfermo, con su temperamento, su carácter, estado de ánimo y disposición constitucional a través de un conocimiento exhaustivo de su biografía afectiva, sus vicisitudes infantiles y adolescentes, su vida de relación actual y su comportamiento tanto psíquico como biológico en el aspecto telúrico emocional.

Los síntomas psíquicos característicos y los síntomas generales físicos, que son derivados del estado psíquico, darán la pauta para determinar un cuadro repertorizable que definirá el simillimum.

En el curso del tratamiento, la pauta de la curación del enfermo será dada sola y únicamente por la movilización de ese núcleo psíquico mental, en el sentido de un cambio positivo de ánimo y conducta, junto a la reedición, en la mayoría de los casos, de síntomas somáticos latentes. Si este síndrome mental no ha sido removido, si el enfermo continúa con resentimientos, angustias, temores y un comportamiento anormal en su vida afectiva o cualquier otra anomalía de carácter y ánimo, a pesar de que tenga mejoría en su enfermedad local, por la cual acudió a la consulta, la curación no se producirá.

Homeópata y enfermo deben tomar plena conciencia de este principio fundamental del proceso de curación, que implica de parte del homeópata, un enfoque clínico del enfermo como una totalidad anímico-corporal, para saber lo que hay que curar en él, y de parte del enfermo una aceptación de su responsabilidad para rectificar su vida moral, de acuerdo a la ley natural, que rige tanto la adaptación a la vida, como la curación.

 

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